La moralidad también se aprende


Lawrence Kohlberg fue un psicólogo estadounidense, que a través de sus estudios observó que el desarrollo moral aumenta a medida que los niños se hacen mayores, es decir, estudió cómo alcanzamos la capacidad de reconocer aquello que está bien diferenciándolo, de aquello que está mal. Bajo esta premisa, el autor diferencia tres niveles morales:
El nivel preconvencional incluiría a niños de entre 4 y 10 años que, en términos generales, obedecerán las normas para evitar un castigo o para obtener una recompensa. Se trata de una etapa egocentrista en la que el niño solo piensa en las consecuencias directas que puedan tener sus acciones sobre sí mismo, ignorando por completo los valores colectivos.
El segundo nivel, sería el convencional, que haría referencia a niños de entre 10 y 13 años. En esta etapa, la persona tendrá en cuenta tanto sus intereses personales como las convenciones sociales. Los preadolescentes tratarán de esforzarse por encajar dentro del grupo. El que obedezcan o no, responderá al intento por complacer a otras personas. Al final de este nivel, la autoridad se convierte en una figura de referencia. La persona entiende que el bien consiste en cumplir las normas, mientras que el mal consiste en incumplirlas.
Por último, el nivel postconvencional, atendería a la edad de la adolescencia y la edad adulta. A diferencia de los otros niveles, la persona reconoce por primera vez que pueden darse conflictos con dos o más opciones de respuesta, ambos aceptados socialmente, y que deberá decidirse por una de las dos opciones. El control de la conducta deja de ser externo, como en los anteriores niveles, para pasar a ser interno y dependiente de las creencias, principios y valores individuales.
En Efecto Galatea somos conscientes que al igual que el lenguaje, la psicosexualidad, lo cognitivo, lo psicomotor...la moralidad también forma parte del desarrollo normal del niño y adolescente. Si sabemos que ciertas conductas están sujetas a las leyes del desarrollo, podremos entender y atender mucho mejor cada necesidad del menor, ofreciéndole una crianza de mayor calidad.



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