¡A jugar!


El juego infantil es una actividad dirigida por una motivación puramente intrínseca, espontánea y voluntaria que produce placer. En este sentido, jugar es una meta en sí misma, que no supone la presión de alcanzar un objetivo preestablecido.
Así mismo, el juego facilita el desarrollo de la creatividad, la seguridad, la confianza, el dominio del entorno y el control de los impulsos. Pero además, facilita que se consolide la filiación social, pues el niño aprende a cooperar y compartir.
La socióloga Mildred Parten identificó cinco etapas del juego en función de la madurez social del niño:
En la etapa solitaria, el niño juegará sólo sin mostrar ningún esfuerzo por relacionarse con los demás.
En la etapa del espectador, el niño observará como los demás juegan sin él participar en la actividad.
En la etapa en paralelo, el niño juega “junto a los demás” pero no “con los demás”. Como adultos, a menudo podemos observar que se dan conductas de imitación.
En la etapa asociativa, el niño interactúa con los demás compartiendo juguetes e intercambiando materiales, pero no llega a adoptar roles, ni se mueven juntos hacia una meta común.
En la etapa cooperativa, el niño coordina esfuerzos para conseguir metas comunes, adoptar roles y colaborar para conseguir un objetivo final.
Debemos tener en cuenta, que no siempre se pasa por estas etapas de manera ordenada y que incluso, es posible que se combinen unas con otras en función del contexto. Pero, de manera generalizada, podemos observar que el proceso que lleva al niño a participar de forma competente inicia con la observación, continua con la aproximación para acercarse poco a poco al grupo y finalmente implicarse.
En Efecto Galatea sabemos que las etapas del juego son un proceso por las que debe pasar el niño, con el objetivo madurativo de participar de forma competente, así, jugar no solo le aporta al niño momentos de diversión, sino que también es una actividad que estimula su desarrollo.



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